El punto de principio y el de posible final se han entrelazado sin dejar espacio alguno al tiempo. Así funciona la vida cuando no hay nada que pueda ensuciarla, cuando se trata de una sola razón. Trata de puertas que se abren, de salas de espera con incómodas sillas y de paredes blancas que tal vez podrían llorar si se lo proponen. Como una lucha constante e interna entre la realidad vivida y lo que tu mente desearía lograr. Eres insignificante, indefenso y consciente de que en cualquier momento una voz desconocida puede aniquilarte o bien salvarte de un camino demasiado ruinoso en adelante. Supongamos que la espera es lo que más puede paralizarte, supongamos, también, que pueden ser los últimos minutos de un respiro lúcido. La duración de las horas pierde el significado respecto a minutos anteriores. Es momento de sollozar tanto como no has hecho los días previos, ni harás los posteriores y es, también, el instante de agarrar la mano de quién está ahí para ser hombro y espalda y empaparte de una fuerza que te resta. Esto trata de manos demasiado vacías, de preguntas incansables que anhelan a alguien que te mire como persona, no como mero paciente. Trata de imágenes que taladran la cabeza conscientes de ello, de impotencia, de un dolor amargo que va quemando a medida que avanza rebre una trucada
merdamerdamerdamerda,
això s'acaba amb tot, amb tu.